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Fecha de Publicación: Lunes, Marzo 2, 2009
Construcción de ciudadanía

El Diario
Sergio Armendáriz

En días pasados se presentó el reconocido sociólogo de las organizaciones Ramón Daubon en Ciudad Juárez, específicamente en el Centro de Convenciones Cibeles. Nativo de Puerto Rico, Daubon logró centrar poderosamente la atención en torno a la urgente y vital necesidad de promover el desarrollo de la ciudadanía para la sobrevivencia del universo urbano social.

La pobreza es un fenómeno colectivo que el especialista puertorriqueño definió como el estado social que implica una incapacidad y ausencia de poder para la autogestión grupal e individual, es decir, un cierto estado de impotencia en relación a la conducción económica, ética y política del existir humano.

En ese sentido, tanto los gobiernos capitalistas privatizadores como los de corte populista asistencial han sumido a grandes partes de sus poblaciones administradas, en ese estado de indefensión e impotencia perniciosas. Los Estados han despojado de una capacidad a la ciudadanía que ha terminado por volverse contra ellos mismos; pobres desorganizados que se han transformado en millones de individuos que actualmente ya no pueden ser contenidos por políticas públicas que no responden a la satisfacción de demandas acumuladas.

En el caso particular de México y de sus diversas regiones, podemos constatar plenamente las condiciones de un modelo de desarrollo social que se ha preocupado muy poco por atender a las necesidades de formación del status de ciudadanía. Quizá con la excepción del semiolvidado y estigmatizado ejercicio salinista de Solidaridad, el país prácticamente no ha conocido un verdadero intento de aplicación de esquemas autogestionarios de crecimiento ciudadano.

Todo se convirtió en gestión neoliberal o populista. La clase política mexicana en cualquiera de sus denominaciones y colores ha asumido un estilo clientelista y asistencialista, poco le ha importado la formación de la inteligencia ciudadana y su correspondiente capacidad autogestionaria, la sociedad civil ni se ‘empodera’ y tampoco puede en consecuencia aplicar proyectos de ‘emprendeduría’, concepto empleado por Daubon.

La pobreza en Juárez también refleja las condiciones de un tratamiento en franca oposición con una visión que motive los proyectos emprendedores surgidos de la autogestión ciudadana. Los partidos políticos en la frontera se organizan con el propósito de comprar votos, independientemente de la sutileza o falta de la misma que exhiban para lograrlo. Hoy se observa claramente el fatídico agotamiento del modelo populista. Las tretas de mercadotecnia electoral no alcanzan para encantar a la población, los votos escasean y no existen mecanismos de sensibilización alternativos que sustituyan al viejo estilo.

Para mayor desgracia, hoy los gobernantes y sus aparatos burocráticos poseen escaso tiempo y margen de maniobra para atender las necesidades de formación de la inteligencia ciudadana, están demasiado ocupados en cómo ceder jurisdicciones administrativas a la corporación castrense para enfrentar el insoportable problema de la inseguridad pública. La clase política en los hechos nunca se preocupó por la educación de la inteligencia cívica y en este momento sufre los rigores mortíferos de semejante omisión.

Ramón Daubon, traído por cierto por la iniciativa del Plan Estratégico de Ciudad Juárez, propone rebasar la desgastada visión de la intervención de políticas públicas por un esquema de intervención social que surja de las entrañas de la ciudadanía. No esperar prácticamente nada de los macroproyectos oficiales, sí en cambio de las auténticas iniciativas sociales que perfilan el cambio desde adentro y desde abajo, con microacciones de intervención efectivas para la transformación social, es decir, el pequeño cambio sin contaminaciones demagógicas o partidistas.

Propone el cambio por vecindarios, barrios y colonias, ejerciendo la racionalidad del ciudadano que se apropia de su legítimo derecho al buen vivir. Sin embargo, en México padecemos de un fracaso cultural encabezado por la clase política misma, la inteligencia de la República naufraga en la comunicación sesgada por la mala fe, el apetito de poder se ha impuesto por encima de las necesidades del desarrollo, la mentira se ha entronizado también devastando las posibilidades de una alfabetización política modernizada.
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